Divagaciones vespertinas

Me pregunto si fuiste tú el que se quiso ir, o fui yo la que no quiso que te quedaras.

Me pregunto si nos alejamos en mutuo acuerdo, o las demás personas nos impidieron a fuerza estar lo suficientemente cerca.

Me pregunto todo el tiempo, si es resignación, o si de verdad, ya no lo siento tanto como antes.

– Apelando al cinismo de quien nunca tuvo el valor para cruzar sus propias fronteras –

 

Quisiera no preguntarme más. 

Quisiera que estuvieras aquí. Quisiera no querer que estuvieras aquí.

No puedo evitarlo. Sigo preguntándome.

¿Somos culpables de nuestro destino, o está escrito desde antes de pisar la tierra?

¿De verdad somos tan ineptos, como para tratar de pretender que nada ha pasado y continuar el camino como si nunca nos hubiéramos desviado?

Yo no puedo hacerlo. Todas las noches me obligo a mi misma a comprender que nada nunca pasará, jamás vendrás a mi, yo no iré a ti, nos iremos alejando cada vez más hasta que, eventualmente, será un recuerdo borroso, que se difumina en la mente aún más con cada latido. 

Me pregunto… ¿Será posible hacer caso omiso a lo que mi corazón grita con tanta fuerza, que me aturde el alma cada vez que apareces medio invisible, medio envuelto en smog, medio envuelto en un halo brillante que no me deja apartar los ojos?

 

Quiero dejar de escalar, cada vez tus patadas me golpean más fuerte contra el asfalto. No me queda un hueso sin romper.