Martes.

Este sin sabor constante. 

La frustración de anhelar profundamente lo que no se puede tener. La desazón suprema de esperar lo que nunca vendrá.

Estoy en guerra continuamente con mi propio cerebro. Tengo una enfermedad terminal, se llama “devenir incesante, infinito, inagotable.” El constante análisis, la lucha entre ser y dejarlo ser, entre decidir o dejarse llevar por lo que venga. 

 

“Lo más difícil es convencerse a uno mismo. Una vez se ha dado ese paso, lo demás fluye mejor. Es la negación de la realidad lo que la hace más invivible.”

Contradictorio es, sobremanera, que éstas palabras salgan de una cabeza atormentada, gastada a fuerza de luchar con lo que es, con lo que debería ser y con lo que le gustaría ser; con la realidad que se niega a  dar por sentada. Es mi pelea, la misoginia feminista, el hippismo posmoderno, el budismo capitalista, el liberalismo convencional.
Las partes que forman mi todo, y a la vez, componentes del desarraigo emocional, fisico e intelectual. La expatriación nacionalista.
Mis partes, no se complementan, se pelean entre ellas.

Dicotomía.

 

Vivir en un espacio errado, que se venera profundamente. No identifico mi país. Mi ciudad. Mi barrio. Mi familia. Mi cuerpo. Mi mente.

Quiero saber quien soy, a pesar de que lo sé desde que abrí los ojos por primera vez en este planeta.
La negación interrogante, la búsqueda de una respuesta que ya conozco, pero que espero cambiar en mi mente a voluntad.

A veces nos mentimos tanto, que a fuerza de hacerlo, se nos olvida que era real, y qué no.

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