Era su clavícula

Era su clavícula. Su delicadeza. Como el hueso que da forma a un corset. Todo lo que yo quería era bajar mis dedos, lento, muy lento. Dedos persistentes, con deseo, que se deslizan sobre el hueso exquisito, luminiscentes a través de la piel suave. Me quedé mirándola. Estaba atónita. Ella sonrió. Adorable.
Voy, por ella. Camino por las calles, camino a prisa, para llegar a casa y darle lo que ella necesita, para besar su pecho y separar sus piernas, suave. Para susurrar placer en su cuerpo cansado. Para abrazarla mientras colapsa, dejarla descansar.

Y luego, por mí. Para drogarme lo suficiente para convivir conmigo misma. Para pretender que soy ella. Nuestros cuerpos son lo mismo. Cada día la voy alcanzando. Juntas estábamos desapareciendo.
La miro mientras ella se ata de nuevo, entrando a su propio reino del silencio. La miro mientras me lleva con ella. Callada y tan tierna, se recuesta en mis brazos, su cuerpo desapareciendo, su cabello largo y suave contra mi cara, sus huesos blancos como fantasmas secos al sol, quemados en la acera y susurro en su oido: “te amo”.

Esta vez ella no me escucha. Esta vez no hay sonrisa y puedo ver su iris café a través del trance traslúcido y pálido de sus párpados y beso mis lágrimas que caen en su cara, pálida como las ostras. Beso mis lágrimas, suavemente.

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