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Era su clavícula

Era su clavícula. Su delicadeza. Como el hueso que da forma a un corset. Todo lo que yo quería era bajar mis dedos, lento, muy lento. Dedos persistentes, con deseo, que se deslizan sobre el hueso exquisito, luminiscentes a través de la piel suave. Me quedé mirándola. Estaba atónita. Ella sonrió. Adorable.
Voy, por ella. Camino por las calles, camino a prisa, para llegar a casa y darle lo que ella necesita, para besar su pecho y separar sus piernas, suave. Para susurrar placer en su cuerpo cansado. Para abrazarla mientras colapsa, dejarla descansar.

Y luego, por mí. Para drogarme lo suficiente para convivir conmigo misma. Para pretender que soy ella. Nuestros cuerpos son lo mismo. Cada día la voy alcanzando. Juntas estábamos desapareciendo.
La miro mientras ella se ata de nuevo, entrando a su propio reino del silencio. La miro mientras me lleva con ella. Callada y tan tierna, se recuesta en mis brazos, su cuerpo desapareciendo, su cabello largo y suave contra mi cara, sus huesos blancos como fantasmas secos al sol, quemados en la acera y susurro en su oido: “te amo”.

Esta vez ella no me escucha. Esta vez no hay sonrisa y puedo ver su iris café a través del trance traslúcido y pálido de sus párpados y beso mis lágrimas que caen en su cara, pálida como las ostras. Beso mis lágrimas, suavemente.

Blue

Lo que extraño es su lengua. Derretirme en ella como cubo de azúcar. Que me saboree. Que me pruebe. Que me encuentre. Lamernos las heridas, las cortadas, los agujeros.

Extraño las palabras que salían de su boca. De su lengua. Perdernos en filosofías y otredades, conversaciones insulsas de poker, música, vicios, imágenes; paredes blancas que mancharon algo más que la tela.

El día que Juana se fue probé otro lado de su lengua. Fue como heroína directamente en la aorta,diez mil espasmos por segundo. Fué cuando entendí que su lengua, además, podía ser dulce, podía calmarme, podía hacerme mirar en medio de una ceguera calcinante el brillo de sus ojos. Y que sus ojos, al igual que su lengua, podían derretirme como un cubito de azúcar.

Esa noche, probé el éxtasis como nunca antes, mientras acariciaba con la punta de los dedos el fondo de la oscuridad.

A veces, aún lo extraño. Sobre todo cuando me cuesta respirar. El está ahí, atento al timing. Yo me siento entre salamandras, entre luces acuosas azules y verdes, como antes de que el llegara, a esperarlo de nuevo.
A veces vuelve. Y yo me voy.
Me voy con Juana, a cortarme un poco más. Y el se va también en busca de salidas algo más ortodoxas, pero sabe que sólo yo puedo crearle dos agujeros negros en cada pie, y uno en cada chakra. Por eso vuelve, creo. Para eso estamos vivos.